Entre su espalda y la mía persiste el recuerdo. Su sombra era larga cuando la vi partir. Se extendía detrás de ella como una huella que arrastraba el dulce peso de los días, las horas y los minutos. No tenía pudor en ofrecerme, por última vez, el lienzo de su revés, su espalda enmarcada en el triángulo agudo de su escote. La conocí un mediodía en el bar del viejo barrio. Yo estaba clavándome puñales de vodka con hielo, tratando de sacudirme un sueño que había tenido: un hombre me perseguía por un callejón sin salida. Yo volteaba cuando ya no tenía más escapatoria y me daba cuenta de que se trataba de mí mismo. Entonces yo comenzaba a perseguir a mi perseguidor, que era yo.

Ella irrumpió en el frágil velo del silencio al entrar. Un halo terrenal irradiaba en torno a ella. En ese momento nada podía escaparse al mundo de lo onírico. Todo quedaba fijado al fondo, a las sensaciones básicas y primarias. Era un ancla. Se sentó a mi lado y se encajó un cigarrillo largo entre los labios. Eran carnosos y rojos, como dos dedos bañados en mermelada. Acepté su proximidad como una invitación y le ofrecí fuego. Chupó el filtro cuando la llama de mi mechero bailó frente a ella. Tuve la impresión de que me veía arder en una hoguera.  Pidió lo mismo que yo y, dos rondas después, una cosa llevó a la otra.

Éramos los únicos seres vivos lo suficientemente perdidos en la ciudad como para conseguirnos un día como ese. “Encuentros así suceden por algo”, pensé al enrollar mi brazo sobre su cuello, camino a la habitación. Se desvestía lentamente, como si alguien la estuviera filmado en cámara lenta. Las líneas de su cuerpo definían el ritmo del momento, como un vaivén de curvas, una montaña rusa hecha mujer. Su voz era un susurro en la oscuridad. Las sombras de las persianas trazaron formas en su rostro, como un mapa en negativo. Sus ojos, dos perlas negras, se clavaron en los míos cuando la tendí boca arriba, debajo de mí. Mis manos la sobrevolaron con suavidad y al tacto con su cintura podía sentirlas arder hasta casi derretirse.

Mi lengua encontró la suya. Conservaba el sabor almibarado del alcohol que compartimos en el preámbulo, la anticipación de este momento irremediable. Mis formas se acoplaron a las suyas. La tarde caía anunciando el paso del tiempo al otro lado de la ventana. Me encontré de espaldas al colchón, admirando el ventilador del techo. Por un momento imaginé que las aspas eran alas que salían de su espalda y se agitaban con fuerza, elevándonos. Oprimí los párpados y me dejé llevar. Me derramé dentro de ella, quien naufragaba extenuada sobre mí. Cuando la vi desaparecer en el otro extremo de la calle, supe que no la volvería a ver. Me di media vuelta y también le ofrecí mi espalda. Entre la suya y la mía persiste el recuerdo.

© Entre su espalda y la mía por Luis Álamo.

Escrito por Bioluis
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