Mirando la luz septentrional de los astros que ya no me acompañan esta noche, la más fría de todas, no siento nada. La soledad y la oscuridad me dicen que soy el dueño de un corazón elegido para mejores y grandes cosas. Bajo la vista como sólo los hombres puros podemos hacerlo, sin mirar los días pasados con el ahínco del desespero, sino como la página escrita y leída por el tiempo. La incertidumbre del futuro se estira con sosiego entre mis pensamientos. Estoy en paz con mi lugar en el mundo. Soy el alfa y el omega. Siempre sereno, en guardia contra la barbarie de la vanidad.

Aquí ya no hay dolor, ni rencor ni nada parecido a la tristeza. Una corriente recorre mis venas, prometiéndome el fragor de un nuevo día. Sostengo la lanza con fuerza y la apoyo en el suelo. De las brasas y las cenizas aún se descosen hilos de humo, que ascienden al aire como espíritus de la tierra en huida vertical hacia la dimensión del olvido. Al fin y al cabo, el fuego purifica, como bien me enseñaron los ancianos. Desde cuándo ardió este fuego es difícil saberlo. El arquero en la otra torre ya se no hace estas preguntas. Es un veterano enjuto, nacido en la aldea más allá del río. Vivió durante largas temporadas con una mujer de esta comarca.

Es un hombre respetable que ha visto varios inviernos. Estiro la vista y diviso su figura minúscula. Está reclinado hacia atrás en posición de descanso. Quizá duerme. En el mundo de los sueños también hay que estar vigilante, quizás algo bueno ocurra y si nos descuidamos vamos a estar aquí, atrapados en esta realidad. Él ni se preocupa por el destino que se avecina, galopando sin pausa del otro lado del reino. Sostengo una vez más la lanza y con su punta afilada trazo una línea recta en la tierra. Asumo que es una especie de límite o una frontera imaginaria. Lo que resta es dar el paso y cruzar.

Se está tan bien con uno mismo, dueño de todo, cubierto por el peto y el casco. Dentro de estas piezas de acero inoxidable, nada puede tocarme. Lejos se escuchan los aullidos de los lobos. Sus hocicos feroces y pestilentes entonan a la luna una canción distinta a la que escucho en mi corazón. Estoy convencido, porque la historia lo confirma, de que no pueden vencerme. Yo soy el centinela del reino. Mi pulso no tiembla ante nada ni nadie. El temor es una palabra de arena para mí. El muro soy yo.

© Centinela del reino escrito por Luis Álamo.

Escrito por Bioluis

Soy un apasionado de Internet, social media, el diseño, la programación y las nuevas tecnologías. Adicto al chocolate, melómano, sibarita, agnóstico, sapiosexual, applemaníaco, amante de los libros y soñador innato.