Siluetas al otro lado del cristal, a plena luz del día, ellos no son más que sombras. Desde que se mudaron a la torre de enfrente, mis vacaciones tomaron un rumbo inesperado ¿Hacia dónde he estado yendo todo este tiempo, sin brújula, sin pistas, sin instintos y sin una genuina convicción? Mi tía, preocupada, me ha dicho que deje de mirar tanto por la ventana y me amenaza con mandarme a casa. Por ahora no quiero pensar en ello ¿Qué sería entonces de esas dos suaves siluetas detrás de la cortina? Muy en el fondo, siento que ellos también me necesitan.

Al mediodía, como si se tratara de un ritual, me postro expectante en el mismo lugar. Las distancias, mientras más largas, atraen con más fuerza. Nos separa un tramo invisible, colgado en el aire como una exhalación del vacío. Miro en picado: un mar de adoquines granate, cuatro banquetas de hierro forjado, las copas temblorosas de dos árboles, una señora paseando a un perrito blanco como una mota de algodón, una niña en bicicleta persiguiendo a otra que corre en círculos, un chico fumando nerviosamente, probablemente a escondidas. Cuanto acontece en esta hora atravesada parece oculto, como si todo fuera el secreto más sagrado que alguien, en un arrebato de desespero, te confía con la condición de que no lo divulgues, de que te lo tragues y de que lo lleves contigo a la eternidad de la tumba. Mi voz me pregunta en mi cabeza, parafraseando una oda:

¿Las almas inmortales, hechas a buen tamaño, podrán vivir de sombra y de engaño?”. - Luis Álamo

La tela blanca, traslúcida como la piel de una anémona, baila con la brisa y resplandece. Enseguida, sin falta, ellos aparecen. La coreografía se inicia sin preámbulos. Me acerco más a las persianas y las abro con los dedos, anticipando lo que se avecina. Con la otra mano desabrocha su blusa. El aire cálido acaricia su pecho al descubierto. Ella busca su boca. Él se la ofrece de vuelta y la rodea con los brazos por la cintura. Ella parece acoplarse a su cuerpo de manera alegremente sumisa, dispuesta. Ahora son curvas detrás de un velo, contornos y rellenos en juego, confundiéndose en una sola forma de dimensiones maleables. No parpadeo. Por encima de mi dermis transita un halo de electrones. Estoy erizado y con la garganta seca. Me relamo los labios y sigo observando.

Él ha tomado la delantera. Se abalanza sobre ella, quien se tiende rendida sobre la baranda del balcón. Se agitan. Su ritmo se incrementa. Solamente puedo imaginar los sonidos que emiten. Ayer lo hacían con calma. Hoy sus gestos son más intensos y pasionales. Quizás tengan poco tiempo o también temen ser descubiertos. Algo en mí, como en ebullición, surge y toma control de mis sentidos. Al principio es lento pero seguro. Luego esta sensación se precipita. Entonces ocurre. Es inevitable. Se desata, fugazmente, todo el caos del universo.

© Siluetas tras el cristal por Luis Álamo

Escrito por Bioluis
Soy un apasionado de Internet, social media, el diseño, la programación y las nuevas tecnologías. Adicto al chocolate, melómano, sibarita, agnóstico, sapiosexual, applemaníaco, amante de los libros y soñador innato.