Caos

Yo trabajaba en la librería de Eusebio. Era un cuchitril con inmensas torres de tomos empastados y de páginas amarillentas como fósiles. Quedaba junto al cine más viejo de la ciudad, muy cerca del bulevar de los pintores. Desde todo punto de vista, cualquier amigo mío estaba mucho mejor que yo, pero eso es otra historia.

Lo que quiero contar es lo que pasó el jueves. Eusebio quería que acomodara una colección de épicas que estaba expuesta en la vitrina. Yo no veía el punto. La librería era un reflejo de su mente: desordenada, asfixiante, y, debo decirlo, un poco sucia. En fin, me arremangué la camisa y me encaramé en el armatoste. Ni había comenzado cuando se me movió el piso. La escalera trastabilló y bailé en el aire antes de caer aparatosamente. Sin pánico, escuchando la carcajada del jefe, me limpié el polvo y miré hacia afuera completamente apenado. Entonces la vi. Tenía una figura hecha para el delirio. Sus rizos eran como torbellinos y sus ojos tan negros como galaxias lejanas. Cuando sonrió sentí que me revelaban un nuevo color para el mundo. Me sentía como un pez en exhibición, contemplando la belleza allá afuera. Entró y me preguntó si estaba bien. Asentí petrificado y ella siguió su camino para curiosear en la sección de poesía.

Horas después la seguía a casa, cargando su nueva caja de libros. Me había pedido que la ayudara. Caminaba serpenteando, como si bailara al ritmo de una música que solamente ella escuchaba. Subimos las escaleras de su edificio y en todo ese tiempo admiré la redondez de su retaguardia. Una doble curva perfecta y de amplia delicadeza, una elíptica que le daría la vuelta al mundo en un parpadeo.

Me indicó que pusiera la caja en su habitación y entró al baño. Todo olía a la estela de jazmín y canela que iba dejando a su paso. Gritó que me pusiera cómodo y encendió la ducha. Me senté en su cama, con los libros en el regazo. Estaba en pausa. La tarde se desvanecía. El tiempo se había espesado. ¿Cómo había llegado ahí? ¿Estaba soñando?

Volvió con la cabeza envuelta en una toalla como una faraona. El resto de su cuerpo estaba como se viene al mundo. Solté los libros, que se desparramaron por el piso en tropel. Se acercó lentamente y empujó una rodilla entre mis piernas. Deslicé mi mano en su muslo suave y terso, ascendiendo hasta dar en el blanco. Su humedad era tibia. Gimió bajito, entreabriendo los labios. Alcé la vista y admiré la cúspide de sus senos cubiertos por mis dedos. Se relamió los labios y se inclinó para besarme. La toalla se deshizo y su cabello cayó sobre mi rostro como una lluvia aromática. Rodamos por la cama sin más prólogos. Sus brazos me envolvían mientras recorría la curvatura de su espalda. Cosió sus uñas en mis hombros cuando no pudo aguantar más. Temblamos al unísono, en el caos que antecede a la calma.

© Caos por Luis Álamo

Escrito por Bioluis

Soy un apasionado de Internet, social media, el diseño, la programación y las nuevas tecnologías. Adicto al chocolate, melómano, sibarita, agnóstico, sapiosexual, applemaníaco, amante de los libros y soñador innato.