Diario en una botella

Lunes. He decidido dejar de contar las horas. Despierto con el alba y bajo a la playa para otear el horizonte, esa línea finita me recuerda a tus párpados abriéndose al despertar. Dormías como si apagaras y encendieras la luz del mundo, pienso antes de emprender el primer paso. Recorro sin problemas el tramo que separa la isla del castillo. A media mañana, con el sol en la meseta del cielo, la marea está baja y la arena mojada no está tan espesa. Voy dejando las huellas de mis botas entre estrellas de mar, carcasas de caracoles ermitaños y piedras como esponjas. Te lo dije aquella vez, ¿recuerdas? Es como caminar sobre ruinas. Pero no de esas ruinas hechas trizas, calcinadas por el fuego del tiempo. Ruinas como de civilizaciones antiguas, de grandes proezas.

Martes. Hoy llevé conmigo los restos del espejo que rompiste. Entré a la habitación, corrí las cortinas y abría las ventanas. Barrí la escarcha y junté los trozos más grandes, como pequeños puñales de hielo pulido. Batí las botas para sacudirles la arena y me adentré por el sendero. Así adorné la isla con algunos corales y algas secas. Encendí una hoguera y me resigné al camino de vuelta. Ahora, desde mi balcón, contemplo las llamas que se apagan en la distancia, como si fueran alejándose.

Miércoles. Hoy no hace tiempo para salir. Me encierro y trazo una línea imaginaria hacia el momento justo en el que lo nuestro viró su curso. Quisiera que sepas, por si algún día lees esto, que la habitación no es lo mismo sin ti. Hoy todo es amargura y oscuridad. Nada calma mi sed. Soy una playa desolada y necesito del oasis de tu tacto para refrescar mi ansiedad.

Jueves. Entras por la ventana. El rumor del mar se cuela como un susurro. Es el sonido que hacemos cuando pedimos silencio, me dices bajito al oído. Tu cuerpo es cálido como un faro. Tus labios tienen la sal de las olas. Tu ropa se deshace en mis manos como las velas de mi barco, que llega a puerto. Estoy envuelto en tus piernas, tan largas que podrían tocar el fondo. Eres tierra firme después de una larga travesía. Tus pechos son dunas en las que planto mis pies descalzos. De repente me falta oxígeno y estoy hundiéndome. La luz del sol penetra perpendicularmente el agua, develando las sombras en cámara lenta, los plegamientos del oleaje. Despierto en la orilla, boqueando sin brújula. Entonces vuelvo a despertar. Veo mi techo. Estoy sudando en la cama.

Viernes. En la isla estaré mejor. Cerré las ventanas y tranqué el portón. Por última vez, poso mi mano temblorosa sobre la piedra húmeda del castillo. El paso del tiempo y la saña del viento carcomerán todo, como a una ruina. La marea subirá en cualquier momento. El lecho marino quedará cubierto y para volver tendría que nadar o navegar. En cualquier caso, terminaría ahogado.

© Diario encontrado en una botella por Luis Álamo.

Escrito por Bioluis
Soy un apasionado de Internet, social media, el diseño, la programación y las nuevas tecnologías. Adicto al chocolate, melómano, sibarita, agnóstico, sapiosexual, applemaníaco, amante de los libros y soñador innato.