Ella daba un paseo por el bosque cuando de repente se encontró a un hombre alto y esbelto de espaldas. Estaba de pie, ligeramente inclinado sobre la rama de un árbol con su zapato en el posapié. Era una postura relajada, como la de James Dean reclinado sobre una moto estacionada en alguna carretera de Estados Unidos. Estaba vestido con un traje gris plomo, de corte moderno. Armani quizás. Aquel tipo tenía estilo. La tela se acoplaba al volumen de sus piernas, hombros y brazos. Su espalda se ampliaba en forma ascendente, como un triángulo de músculos cuya punta se acoplaba a un cuello estirado y fuerte. Cuello de gladiador romano. Un instinto irrefrenable hizo que ella mirara sus glúteos. A leguas se notaba que eran firmes y estaban muy bien formados.

De inmediato se dio media vuelta y miró su reflejo en un enorme lago que había detrás. Quería verificar que todo estuviera en orden. Su línea del rímel, su labial, sus dientes y su cabello. Quería postergar el momento. Tal vez esperaba algún tipo de señal, alguien que llegara y le dijera algo como “es ahora o nunca”. De repente un pez grande con manchas blancas y negras apareció en el agua y se quedó mirándola, abría y cerraba la boca como si hablara y dijera es ahora o nunca.

Se acercó a él con pasos temblorosos. Un torrente de adrenalina corría por sus venas. A un paso de él, se aclaró la garganta y dijo:

—Buenas tardes, disculpe ¿quién es usted? El hombre se volteó lentamente. Ella fue subiendo la mirada despacio, develando sus características. Primero vio sus manos pulcras, los botones de su camisa, su pecho ligeramente abultado, sus labios carnosos y varoniles, su tez bronceada. Se detuvo en sus ojos. Dos círculos almendrados que parecían encendidos. Un shock de electricidad recorrió el cuerpo de ella. Había algo inusual en esa mirada.

—¿Me has olvidado? —le preguntó él.
Ella estaba congelada. Lo miraba fijamente. Estaba hipnotizada.
—Toc toc ¿Estás ahí? —dijo él esbozando una sonrisa en su rostro. Una sonrisa que se acercaba a la perfección, pensó ella.
—¿Cómo? —preguntó ella, saliendo de su asombro.
—Que si no me recuerdas. ¿Ya te has olvidado de mí, así de fácil? — Su voz era acompasada, profunda y dulce. Tenía un tono que acariciaba cada uno de sus sentidos. Ella se desplomó y despertó desorientada pero con una sonrisa inquieta dibujada en su cara y dudaba que aquello solo hubiera sido un mero sueño en medio de la nada.

© Misterio en el lago por Luis Álamo.

Escrito por Bioluis
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