Reflejos

Hola, ¿Recuerdas aquel verano, en el sur? La memoria tiene una densidad líquida que inunda todo. Cada veta, cada vacío. Yo no he podido olvidarlo. Las imágenes se quedaron conmigo, aquí dentro, como una quemadura en la retina. Claro, cual rayo austral escondido en la superficie, tu rostro surge en los plegamientos del agua. Tu cara, una onda circular y expansiva, detenida como en una polaroid, con todos sus trazos íntegros y la mejor de tus líneas, la sonrisa, intacta y temblorosa reflejándose en el agua.

Ahora quisiera andar atrás, en la línea extensa y recta del tiempo, desplazarme nuevamente hacia esas mansas aguas y sumergirme contigo, sin más arrepentimientos, despojado de todo el peso muerto del pánico que me impide salir a flote. Aunque la profundidad nunca me ha asustado, lo sabes bien.

¿Recuerdas? A mí me gustaba caminar hasta que el agua me llegaba a las rodillas. Me recogía los ruedos del pantalón y me dirigía, como un bautista, hacia la inopia. Volteaba y te veía a ti, detenida y en reposo. Tu mano estirada sobre el ceño, oteando haca mí o hacia lo que había detrás de mí. Un círculo austral colapsando en el filo de la tarde. Y tenías frío, era fácil notarlo en tu piel cubierta de rocío. Lienzo blanco y húmedo.

En esos momentos me preguntaba cómo llegamos adonde llegamos. El agua a nuestro alrededor parecía confirmarlo desde el principio. “Nada en realidad llega a hundirse para siempre”, decías y te lavabas el rostro con ambas manos. Había algo idílico en mirarte desde lejos. Tu vestido flotaba como una neblina contenida, en contraste con la gama cromática del agua, una tonalidad que únicamente he podido presenciar en tazas de té, algunos ocasos y una que otra gelatina de limón. Una propiedad acuosa se adhería a ti, a tu cabello largo y negro. Negrísimo. Un negro equivalente a cerrar los ojos debajo del agua. Yo estaba convencido de que podías respirar bajo el agua y te imaginaba en el fondo, con tus pies descalzos y tu piel blanca abriéndote paso entre las piedras.

Tenía que suceder. Cuando arrastraba mis pies hacia ti, sabía exactamente qué iba a suceder. ¿Recuerdas ahora? ¿Tu mente al menos ha podido conservar tu propio reflejo al desvanecerte entre mis brazos? No importa cuánto lo intente. No puedo pensar en algo más difícil de asir que el agua y su propiedad indomable. Tan maleable y ajena. La extraña materialización de un deseo vívido y latente que, a veces tan frío y a veces tan cálido, se escurre entre mis dedos. El agua se lo lleva todo, pero siempre deja algo.

Más tarde, en el bote, me di cuenta de que siempre seríamos dos puntos en la distancia que se apaga. Entonces miré atrás como lo hago ahora y te encontré de espaldas, pero pude verte plena, reproducida en la eternidad, como un espejo que se refleja en otro.

© Reflejos por Luis Álamo.

Escrito por Bioluis
Soy un apasionado de Internet, social media, el diseño, la programación y las nuevas tecnologías. Adicto al chocolate, melómano, sibarita, agnóstico, sapiosexual, applemaníaco, amante de los libros y soñador innato.