Tormenta

Ven. Acércate. Un poco más, muy bien, un poco más cerca, así. La noche no ha tocado la cúspide. Apenas comienza el ascenso que antecede el descenso. Voy a dejar la ventana abierta para que el viento empuje hacia dentro las gotas de lluvia. Quiero que nuestros cuerpos se humedezcan más, que transpiren y se mezclen con el rocío, que el rumor del diluvio sostenga el peso húmedo de este momento, que amenice esta hora eterna: la banda sonora perfecta para nuestra tormenta personal, nuestro caos íntimo, como un hilo secular lo arrasa todo. Te respiro y me fascina tu aroma. Tu piel se eriza como un campo de estrellas que flotan dormidas en la espuma del mar.

Llegado a este punto, deja que mis manos te recorran. Ellas te conocen bien. Se saben de memoria todos tus rincones, todas tus curvas, todos tus caminos y atajos con múltiples destinos. Quiero disfrutar de ese viaje alucinante que es transitarte. Lentamente, como en cámara lenta. Detenerme en la veta de tu espalda, la línea de tu pecho, el lago de tu ombligo. Quiero registrar el paisaje e inmortalizar el momento. Quiero que te dobles en mis brazos y compartas este temblor olímpico.

Acompáñame en la travesía, deja que mi lengua encalle en las costas de tus labios. Que se encaje de punta en la tierna esquina de la comisura de tu boca, ese difícil rincón de almíbar y cálida humedad. He tomado la decisión. He escogido moverme por este sendero. Asumida la misión, voy a trazar el mapa. Nuestros cuerpos se estremecerán y se derramarán como el agua que cae sobre la tierra, con fuerza, allá afuera. Gotas que penetran hasta los cimientos del suelo, hasta el núcleo de sus entrañas.

Voy a lamerte entera, de pies a cabeza, juntando tu sal en mi lengua, saboreándote tramo a tramo, poro a poro, milímetro a milímetro. Deja que me aferre a tu cintura para no perder el rumbo mientras tú coses tus uñas a mi espalda. Deja que se claven en mi carne. Siento que me electrocutas. Es una sensación comprimida, hecha a la medida de un átomo. Un punto minúsculo e invisible que lo contiene todo. La nada hecha todo. Exterioriza esa llama interna con furia y pasión. Muérdeme. Quiero halarte el cabello, hundirme hasta lo más hondo de tus piernas, clavarte en la cama y fundirnos con las sábanas.

Recíbeme. Tómalo todo. Tiemblas. Se avecinan ventarrones, lluvia del trópico, vacío en la distancia. Aprietas tu cadera contra mi ingle, abres la boca, dejas salir un respiro que parece forjado al revés. Un halo de luz en tus ojos se confunde con el claro de luna. La oscuridad iluminada por el blanco de inhóspito y desconocido, esa sensación arrasadora que surge de nosotros cuando el reloj se detiene, como una ilusión. El agua arrecia, pero sabemos que estaremos bien. Afortunadamente la lluvia se lleva cosas cuando trae otras nuevas. Cuando cese, el aire estará limpio e ingrávido, la tormenta habrá ido deslastrando en nosotros toda su furia.

© Tormenta por Luis Álamo

Escrito por Bioluis
Soy un apasionado de Internet, social media, el diseño, la programación y las nuevas tecnologías. Adicto al chocolate, melómano, sibarita, agnóstico, sapiosexual, applemaníaco, amante de los libros y soñador innato.